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Tercero de los capítulos de la saga «Descubriendo nuestro patrimonio», junto al canal youtube “ELMUNDOPIRULO220“. Nuestro objetivo es el mismo, la puesta en valor del patrimonio arqueológico y cultural de distintas zonas y lugares de nuestra geografía. Seguimos en la ciudad de Jerez de la Frontera, una ciudad no valorada como se debiese por su patrimonio arquitectónico.

En esta ocasión nos adentramos a dar un paseo por el centro de la ciudad, donde en dos capítulos veremos su gran plaza de la Asunción con su antiguo Cabildo. Un hermoso paseo que quiere dejar unas pinceladas para que os animéis a conocerlo en más profundidad.

Esperamos que disfrutéis.

La dirección

Hay quien tiene por trabajo acariciar la Historia cada día. Sucede en el Centro de Arqueología Subacuática (CAS) donde dos restauradores se encargan desde hace unos meses de mimar las piezas encontradas en dos pecios hallados en las obras de ampliación del puerto de Cádiz. Su trabajo es único. Nunca antes en España se había apostado de esta manera por recuperar los restos de dos barcos. Su labor va a permitir la exposición de objetos tan singulares como un astrolabio náutico, lingotes de plata, cochinilla para tintar ropa o comida almacenada.

La máxima de los que protegen el patrimonio subacuático es siempre mantener bajo el mar los restos hallados para así preservar su contexto histórico. No siempre se puede. Algunas veces hay que extraer las piezas por riesgo de expolio, por necesidades de investigación o porque, como en este caso, una obra puede repercutir en su conservación. Los dos barcos hundidos aparecieron mientras se realizaba una draga para la nueva terminal de contenedores del puerto gaditano. “En la draga iban arqueólogos porque así lo marca la ley. Es como se evitan daños irreversibles”, explica la directora del CAS, Carmen García Rivera. El trabajo de este organismo, dependiente del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico, fue esencial para que esta zona frente al puerto fuera considerada de servidumbre arqueológica. Es decir, donde nunca se habían encontrado restos pero se presumía que podían existir, de ahí que la obra estuviera obligada a fijar cautelas arqueológicas. De otra manera, quizá nunca se hubiesen detectado los dos barcos.

En esta acción única, la Autoridad Portuaria de la Bahía de Cádiz, que es la que financia las obras, encargó a la empresa Tanit, bajo la supervisión del CAS, el traslado de las piezas más relevantes. Hicieron falta más de 2.500 inmersiones. A la espera de un informe final, se sospecha que uno es un barco militar del siglo XVI y otro un buque comercial del siglo XVII. Del mar, las piezas han ido a la sede del CAS, en el balneario de la Palma, donde los dos restauradores, Marta Murciano y Abel Bocalandro, batallan contra la oxidación y el deterioro de unos objetos que han perdido la protección que les daba el estar bajo agua.

Bocalandro, químico, está volcado en preservar las piezas de metal. Hay muchas. Están los 27 cañones de hierro, el peto de una coraza, un astrolabio náutico, una enorme campana o los lingotes. “Intentamos estabilizarlos frente a la corrosión y eliminar las sales”, dice. Principalmente, las piezas pasan por un baño químico, de sosa cáustica o bicarbonato sódico, o se les aplica un tratamiento de electrólisis, cargas eléctricas para darles estabilidad. “Dentro del mar, se crea una capa encima de concreción, muy poco porosa, que frena la oxidación. Aquí eliminamos esa capa y hay que tratar de mantener las condiciones que tenían allí”, añade Bocalandro.

La eliminación de esas capas de suciedad, fauna y vegetación marina es uno de los momentos más emocionantes del trabajo de los restauradores. Le sucedió a Marta Murciano cuando limpiaba unos platos de cerámica y descubrió sus hermosas decoraciones de flores y árboles. “Habían permanecido así casi 500 años”, explica. Ella es la que cuida de las maderas, las vasijas, o los restos orgánicos. El cargamento del barco comercial es quizá el más valioso para analizar la Historia. Han aparecido aceitunas. También cajas llenas de cochinilla, material cotizadísimo para tintar ropas. Y un tubérculo que podría ser jengibre o cúrcuma. “Las maderas se bañan en agua hasta que su nivel de sales se reduzca lo suficiente para garantizar su estabilidad”, explica Murciano. Más difícil será mantener los materiales orgánicos, que se guardan en neveras.

La restauración de las piezas, que se espera culminar antes de que acabe el año, no será el final. Surgirán más preguntas que respuestas. ¿Eran cañones italianos como se intuye en sus marcas? ¿El otro barco, el comercial, pertenecía a un viajante de telas? La intención del puerto de Cádiz es exponer algunas de estas piezas para difundir una inversión arqueológica de más de dos millones de euros. Se planteó para octubre en el Palacio de Congresos o en la Casa Pinillos, junto al Museo de Cádiz, que será el que conserve en sus almacenes el conjunto de lo hallado. Este mar ha dado mucho para conocer el pasado. Y para continuar con ello, seguirán haciendo falta más caricias.

FUENTE: elpais.es

 

Mientras las campañas internacionales anuncian nuevos descubrimientos, los saqueadores expolian y destruyen parte de la historia de la tierra de los faraones

Una docena de profundos agujeros horadan la loma hasta donde alcanza la vista. En las tumbas, que permanecieron intactas durante milenios, ya no queda más que polvo. «Por aquí han pasado Alí Babá y los cuarenta ladrones y se lo han llevado todo», se lamenta impotente Musa, uno de los guardas locales que se encargan de vigilar el acceso al yacimiento arqueológico. A unos pocos cientos de metros, las imponentes pirámides de Dashur vigilan el horizonte, pero la necrópolis que las rodea, que no había sido explorada al hallarse en terrenos militares, se ha perdido para siempre.

La de ladrón de tumbas es una de las profesiones más antiguas de Egipto, donde pocos enterramientos han llegado completamente intactos a la actualidad. Pero desde la revolución de 2011, que tumbó al último de los faraones, Hosni Mubarak, los saqueos de yacimientos arqueológicos se han multiplicado, y el oficio se ha profesionalizado. De norte a sur, decenas de excavaciones han sido completamente expoliadas, especialmente en espacios abiertos como el Sinaí, Dashur o a las puertas del oasis del Fayum, donde tan solo la arena del vasto desierto egipcio protegía las reliquias. El vacío de seguridad que se creó tras la revuelta alimentó la codicia de los ladrones, que hoy, tres años después, han perdido el miedo a la Policía y siguen saqueando en cuanto cae el sol.

«Son peligrosos, muchos de ellos van armados y no dudan en disparar contra el que intenta acercarse», asegura la arqueóloga Monica Hanna, que lleva años denunciando el expolio que sufre el patrimonio cultural egipcio. Los ladrones no se achantan ni siquiera ante las fuerzas de seguridad, como bien sabe Ahmed, uno de los agentes que vigilan la Pirámide Acodada de Dashur, y que advierte a los visitantes de que no se alejen demasiado de las inmediaciones de la majestuosa estructura. «No se sabe quién puede andar por allí y puede ser peligroso», confirma el joven.

Las mafias de saqueadores saben perfectamente qué es lo que van buscando y dónde. «Están muy organizados, utilizan mano de obra que trabaja para ellos, y usan equipos tecnológicos como geo-sónar. Pueden llegar a arrasar una excavación o una tumba en una semana o incluso en una sola noche», explica Hanna.

«Tienen conocimientos arqueológicos y saben qué es valioso», asegura la egiptóloga, aunque eso no les impide utilizar hasta maquinaria pesada como excavadoras o incluso dinamita para acceder a las tumbas, que quedan completamente devastadas. Esculturas, sarcófagos, cerámicas, amuletos o shabtis (pequeñas figuritas funerarias), todo acaba en manos de vendedores locales o internacionales. «Lo que buscan depende del anticuario que les haya encargado el trabajo, que puede ser egipcio o extranjero. Muchos son coleccionistas privados», señala Monica Hanna, que acaba de recibir el premio SAFE Beacon, que reconoce su esfuerzo para concienciar al público sobre las amenazas que sufre el patrimonio cultural.

Participación de niños

Mientras que los yacimientos más conocidos y turísticos de Luxor se han mantenido al margen del expolio, como confirma el español José Manuel Galán, que dirige un proyecto en esta región, en lugares como Abu Sir el Maleq, en la provincia de Beni Suef, un vasto enterramiento de la época grecorromana ha quedado como un queso suizo, un orificio junto al otro. Entre ellos se esparcen los restos de lo que los ladrones no han considerado valioso, como piezas policromadas de sarcófagos, «que se han llegado a utilizar para encender hogueras y hacer el té», apunta la arqueóloga, o las propias momias, que yacen despedazadas bajo el sol inclemente, una mano allí, un cráneo allá. «Han muerto incluso niños, que la gente del pueblo utiliza para acceder a las tumbas más angostas», denuncia Hanna. Para algunos campesinos pobres, a los que la inestabilidad política que ha acompañado a la revolución ha hundido aún más en la miseria, los saqueos se han convertido en una forma de poner comida sobre la mesa.

Cerca de Esna, en el Alto Egipto, el yacimiento de Gebelein ha desaparecido completamente. En el Delta, los terrenos de Tel el Robhan han quedado bajo una piscifactoría, y en Dashur, por ejemplo, la construcción de un cementerio ilegal ha terminado de destrozar lo que los ladrones no se llevaron. Es imposible calcular el valor de lo que se ha perdido. Ni tan siquiera conocer exactamente qué es lo que ha sido expoliado, reconocen desde el propio Ministerio de Antigüedades egipcio. «Nada de lo robado está inventariado, no está en los registros», afirma Ali el Asfar, director del Departamento de Egiptología del ministerio. En muchos de los lugares arrasados ni siquiera se había llegado a trabajar nunca, eran aún vírgenes.

El ministerio –muy criticado por arqueólogos como Hanna, que opinan que no hace lo suficiente para proteger los sitios históricos–, se ha sentido impotente a la hora de afrontar los robos. «La seguridad depende de la Policía, y a los agentes les resulta difícil controlar a los ladrones en lugares tan abiertos, aunque poco a poco se está frenando el ritmo del expolio», señala el funcionario. En las últimas semanas, por ejemplo, se han llevado a cabo varias redadas y se han decomisado cientos de artefactos en dos casas en Saqqara y el Fayum.

Miles de piezas, sin embargo, ya han salido del país, y una visita rápida al portal de subastas Ebay demuestra que existe interés entre los coleccionistas, aunque a veces sea difícil certificar su autenticidad. «Las mafias tienen contactos en las aduanas, y sobornan a algunos funcionarios para que les permitan sacar piezas, incluso sarcófagos», denuncia Hanna. Pero el mayor problema, reconoce Ali al Asfar, no son las piezas que se han perdido, «sino que los yacimientos han sido destrozados, se ha perdido la Historia que podíamos aprender con ellos».

FUENTE: abc.es